Publicidad: |
|
Relatos: |
 |
|
Mi pueblo Enviado por: Felipe Toro Fecha: 12/01/2008 |
Sin ánimo de suscitar polémicas que no conducen a ninguna parte, y con toda humildad, me dispongo a relatar cómo veía yo, en mi infancia, la rutina del día a día y costumbres de mi pueblo, Rubielos Bajos. Sé que habrán anécdotas, datos, dichos que no estarán reflejados en estas sencillas páginas, por ello, a quien lo lea y así lo viere, le ruego que, al igual que yo, también él, se anime y escriba aquello que crea importante para nuestras generaciones futuras.
La cuestión por lo que me he decidido referir mis recuerdos, es que hace algunos veranos, un amigo me dio un librito que había editado el Ayuntamiento de Rubielos, en el que mencionaba datos curiosos e interesantes, así como palabras y su significado en relación con la idiosincrasia del pueblo. Sinceramente me gustó mucho. En la tertulia, estábamos inmersos sobre el contenido del librito; concluimos que se eludían (por falta de datos, o desconocimiento), muchas palabras sobre los usos y costumbres de Rubielos. Algunos de los contertulios compartimos detalles, vivencias y anécdotas que no aparecían en él. Se comentó que sería interesante para nuestros jóvenes tener conocimiento de lo que ocurría en los años de nuestra niñez y, a grandes rasgos se podría dar a conocer cómo vivían sus padres y abuelos. Así fue cómo la persona que me lo regaló, me animó a que escribiera esas vivencias y costumbres de nuestro Rubielos.
Así que, me puse a la faena y como resultado de las investigaciones obtenidas de la memoria –sobre todo desde los primeros años de mi niñez y adolescencia– me atrevo a entregaros este humilde trabajo casero, realizado con la mayor voluntad y cariño, por si os sirviere en lo que ya otros han comenzado a hacer con tanto amor para nuestro Pueblo. También, en su día lo deposité en el Ayuntamiento, con el fin de que si a éste le pareciere interesante, lo podría incluir en el librito de referencia.
AÑOS CINCUENTA…
Así era en los años cincuenta nuestro pueblo. Una población de 700 habitantes aproximadamente. Se vivía exclusivamente de la agricultura; la mayoría jornaleros. Las tierras eran de cuatro y el resto no teníamos nada, por no tener no teníamos ni agua.
Algunas casas tenían pozo; otras, aljibes para coger el agua lluvia, agua que nos servía para lavarnos, lavar la ropa, fregar y el arreglo de los animales.
No había duchas, por tanto, nuestro baño era al terminar el verano ir al río, darnos cuatro chapuzones y a casa. Tampoco teníamos Water, sino un barranco donde se tiraban las basuras de los animales. Allí cagábamos todos, y dato curioso; tú cagando y las gallinas picando.
NUESTRAS COSTUMBRES.
La gran mayoría de las familias de este pueblo no comía en plato, se comía en la misma sartén donde se cocinaba la comida. Ésta, se plantaba en medio del comedor, los comensales hacíamos un corro a su alrededor -que por cierto teníamos muy buenas ganas y poco de comer-, y a ver quién se daba más prisa. Al terminar de comer, las cucharas se dejaban en el suelo, debajo de la sartén. Después la madre recogía todos los utensilios y los fregaba en un barreño, porque pilas no había. Tampoco teníamos neveras, ni hacían falta porque todos los alimentos los guardábamos en la cueva, esas neveras tan preciosas que heredamos de nuestros antepasados. Tenían varios apartados en forma de despensas donde se metían todos los víveres. Estas cuevas mantenían una temperatura de 14 grados aproximadamente tanto en invierno como en verano. Hoy día la mayoría de estas despensas naturales están anuladas, taponadas con escombros y cemento… es una pena.
LA MATANZA DEL GORRINO.
En todas las casas, cercana la Navidad, se hacía la matanza del gorrino, era una verdadera fiesta, los que más disfrutaban eran los guachos. Del gorrino todo se aprovechaba: desde las orejas y rabo, hasta las patas. Se salaba el tocino. Se curaban los jamones, se hacían las morcillas, los chorizos, y otras piezas se adobaban, etc. Junto con otros alimentos: huevos, conejos, pollos, patatas, vino, aceite, pasábamos el año. Los que tenían conejos y huevos, los cambiábamos por otras cosas que no teníamos, por ejemplo: latas de escabeche, etc. para las cenas, pues gustaba comer moje cuando apeteciera.
Por las mañanas unas buenas almortas y al campo. De esta forma pasábamos aquellos inviernos tan duros de agua y nieves.
En otoño se hacía como las hormigas; guardar para el invierno todo aquello que producía nuestra tierra, por ejemplo: melones, uvas, aceituna, arrope, higos secos, bellotas, etc. Las uvas y los melones se colgaban en los portales de las casas, los higos se ponían a secar al sol y después se rebozaban en harina. El arrope con mosto -que nosotros mismos pisábamos en casa- Lo cocíamos y dejábamos el caldo en jarabe...
En Rubielos también había muchos olivares. Allá donde fueses en este término tenías olivas, hasta los pobres tenían alguna.
Llegada la recolección de la aceituna; ésta se cogía a destajo, e íbamos a coger con quien buenamente podíamos; eso sí, sin ajustar precio, porque si decías algo te quedabas sin trabajo. Dos meses cogiendo, y cuando se terminaba la cosecha e ibas a cobrar te preguntaban a cómo pagaban por ahí, tú decías: “no lo sé”, y ellos te contestaban que volvieses otro día a ver si, mientras tanto, pagaba alguien de otras cuadrillas. Entonces los amos se ponían de acuerdo para ver como se pagaba. Te pagaban por arrobas, y por supuesto cuanta más cogías a menos la pagaban.
También había un buen molino de aceite donde todo el pueblo llevaba la aceituna. Algunos años duraba más de tres meses el molino abierto. Después de elaborada la cosecha, los molineros, con un carrillo de mano y unos cántaros iban casa por casa repartiendo el aceite. Con lo cual, recogían algunos chorizos para hacerse alguna que otra cena.
LA ROSA DEL AZAFRAN Y SU PREPARACION
¡Qué pueblo de azafranares era Rubielos! Entre los años 50 y 60, la mayoría de los pobres nos dedicábamos a este cultivo. Hoy día, año 2008, este cultivo se ha perdido totalmente en nuestro pueblo.
¿Cómo se cultivaba y qué proceso llevaba? La semilla del Azafrán, es una cebolla del tamaño de las castañas. Se siembran una a una en surcos y en fila de tres. El tiempo de la siembra, primavera. Sus frutos aparecían entre octubre y noviembre, tiempo de recolección: de 20 a 25 días, prolongándose esta siembra durante cuatro años. Después de este tiempo, se sacaban y se volvía a sembrar. Su flor se llama La Rosa del Azafrán, cada mañana, bien temprano, con cestas se hacía la recolecta en compañía de buen frío y abundante escarcha, la jornada no terminaba hasta las dos o tres de la madrugada, porque en casa, todo lo que se había recolectado durante el día se tenía que mondar y tostar. Para mondar, es decir, extraer el azafrán, se extendía en mesas grandes y toda la familia a mondar el azafrán.. Al día siguiente, vuelta a empezar.
TOSTAR EL AZAFRAN:
Como decía antes, la faena diaria no terminaba solamente con la extracción de la Rosa del Azafrán. Tenía que quedar tostado.. Tarea que solía hacer los padres, aunque era la madre quien, casi siempre la que se ocupaba de este trabajo. Dicho sea de paso, ellas, las madres, siempre se levantaban las primeras y se acostaban las últimas.
Para tostar el Azafrán se hacía una buena lumbre, a poder ser con leña de carrasca. Se separaba las ascuas del fuego, se ponían unos adobes de canto, sobre las brasas y, encima de los adobes, se colocaba el ciazo con el Azafrán. Poco a poco, con el calor que desprendía este horno improvisado, se iba tostando la Rosa. Se tenía que estar vigilante para ir dándole vueltas al ciazo, y evitar quemarlo. Todo este trabajo se debía hacer con mucho, mucho mimo y cariño.
“DAR HUMO” A LOS RATONES DEL CAMPO
Para llegar a este proceso final del azafrán, logrando buena cosecha y la satisfacción de la familia por el deber cumplido, tenías que haber dado “humo a los ratones”, pues de lo contrario la cosecha de azafrán hubiera sido muy, muy pobre.
A la siembra de la cebolla (la Rosa del Azafrán), se daban cita todos los ratones del contorno, su misión: comerse lo que tú plantabas. Y era muy difícil acabar con ellos, así que tenías que aplicar las técnica del momento: Se buscaban las puertas, o agujeros de las cabulleras, se depositaba un poco de paja, un picante, una suela de goma, se le prendía fuego, y con un fuelle, se soplaba sobre el humo para que éste entrara en las cabulleras, así, se conseguía el objetivo: que los ratones disintieran de comerse la cebolla del Azafrán.
LLEGA EL VERANO:
Con la llegada del verano, comienza la siega de la cebada, el trigo, etc. La siega se hace a mano, con hoces, protegiéndose la mano con la zoqueta (Zoqueta, pieza de madera a modo de guante, con que el segador resguarda de los cortes de la hoz los dedos meñique, anular y corazón de la mano izquierda). También con dediles de caña que se ponen en la misma mano para protegerse los dedos mientras se siega, y al mismo tiempo hacer más grande la “maná” (Maná, manojo de hierba, trigo, lino, etc., que se puede coger de una vez con una sola mano).
La siega se hacía a jornal o a destajo. Normalmente, el destajo lo hacían las familias, y el jornal las cuadrillas. El destajo: tanto siegas, tanto cobras. En aquellos años, te pagaban 30 o 40 duros por segar un almud de tierra; si se hacía un previo acuerdo con el amo, entraba, en algunos casos, un cuartillo de vino al día. Algunos amos –que así se les llamaba–, cuando ibas a su casa al terminar la jornada para recibir sus órdenes, y te dieran el vino y los ataeros para el día siguiente, te propinaban con media docena de huevos.
LA JORNADA DE TRABAJO:
Comenzaba la jornada al salir el sol y se terminaba cuando se ponía. Se tenía que aprovechar cada minuto de luz solar.
Llegada la hora de la comida del medio día, si había árbol, pues a su sombra se podía comer y descansar; pero muchas veces no había un matorral donde cobijarte del calor, así, que tenías que reponer fuerzas en medio del rastrojo torrándote al sol como una lagartija.
Era costumbre, en algunos casos, dormir en el rastrojo, y aún así, te apetecía dar con la fresca, alguna vueltecilla y visitar a otros segadores que sabías donde se encontraban.
MEDIOS DE COMUNICACIÓN ENTRE LOS SEGADORES.
Los segadores teníamos nuestros propios medios de comunicación. La concha de la caracola era uno de ellos. De manera que si te encontrabas en el cepero, o en el monjón, o en la nava, o en cualquier otro lugar; tocando la concha de la caracola –ésta, sonaba muy bien– sabías donde se encontraban y qué cuadrilla era la que se comunicaba.
EL TRABAJO DIARIO
El trabajo de la siega no era difícil, pero sí muy laborioso. Todo lo que segabas: trigo o cebada, tenías que atarlo en haces, que se apilaban en tresnales (Se dice tresnales, al conjunto de haces de mies apilados en forma de pirámide para que despidan el agua o la humedad antes llevarlos a la era), después se cargaban en carro o en la galera para su transporte hasta la era donde se colocaban en hacinas ( Se dice hacina, al conjunto de haces colocados en gran altura y apretados ordenadamente unos sobre otros). Llegado el momento se emprendía la trilla de la mies (Mies, es el trigo, el cereal de cuya semilla se hace el pan), Ésta, se extendía en la era en cantidades suficientes llamada parva.
Trillar era el método por el cual se quebrantaba la mies separando el grano de la paja. El calor, para trillar bien, era el mejor aliado, pues cuando más calor hacía, más seca estaba la mies facilitando en el trillado la separación del grano de la paja.
Lo primero de la trilla era pasar el rulo por la parva al objeto de dejarla lo suficientemente apelmazada o prensada para seguidamente meter el trillo o la trilladora.
El rulo era de piedra cilíndrica, bastante gruesa y pesada, con un eje central. Éste se enganchaba, mediante los aperos pertinentes, a los animales: burros o mulos, dando vueltas por encima de la parva hasta quedar en condiciones, así se facilitaba el trillado del trigo o cebada, cuando se consideraba que la mies ya estaba lista para trillar.
El Trillo o la trilladora, estaba compuesta de madera gruesa y lo suficiente ancha como para poder un hombre estar encima de ella trillando sin riesgos de accidentes. En su cara inferior tenía incrustados pedazos de pedernal y cuchillas de acero, con las cuales se corta la paja y se separa el grano.
Terminada esta labor, con un rastro de madera, se recogía toda la mies en un montón, que se hacía en forma pez. Cuando soplaba el viento se ablentaba, esto es, echar al viento la mies. El aire separaba el grano de la paja. A continuación, se arelaba con ares y con un arnero se quitaban las granzas, envasando el grano, limpio de polvo y paja en sacos y costales
La paja, se transportaba a casa y se depositaba en el pajar o cámara. Era el último trabajo que hacíamos desde su siega. A esta faena se le llamaba: “entrar la paja”. Esta paja, era la comida de los animales durante el año.
ESPIGAR
Espigar, después de segar los campos; las mujeres y los guachos, íbamos a espigar, recogíamos las espigas del trigo o la cebada que había quedado en el rastrojo. Tarea muy dura, andabas hasta el mojón para coger un saco de espigas, que traías a cuestas hasta la casa; después las extendías al sol, y bien secas, se machacaba con una maza de madera hasta poder obtener cuatro kilos de trigo, así, día a día; hasta conseguir tres costales de trigo.
LA INMIGRACION.
Pero qué miseria. Así fue como comenzó la emigración en busca de algo mejor. Unos fuimos a Valencia, otros a Barcelona, Madrid, etc. En la actualidad, muchos regresamos a nuestro pueblo -a nuestro Rubielos-, los fines de semana.. Pero volviendo al campo y sus labores, podemos concluir que, finalizados los trabajos de la siega, el verano también había terminado.
NUESTRAS FIESTAS.
En cuanto a tener que buscarse la vida por otras tierras por culpa de la miseria que refería antes, no era menoscabo para seguir amando a nuestro humilde Rubielos, ¿cómo olvidar sus fiestas? San Ginés y Santa Bárbara. Fiestas que se superan cada año así mismas con la colaboración de todos. Sus procesiones; subasta de varas, sus fuegos artificiales, sus bailes populares, el puñao, acompañado de la charanga y, para terminar, sus riquísimas almortas, ¿Se puede pedir más?
NUESTRA INFANCIA.
¿Cómo fue nuestra infancia? Creo que puedo ser un poco el portavoz de los de mi edad, sean hombres o mujeres. Porque la vida que todos llevábamos, como dice el refrán: “de lunes a martes, poco te apartes”. Una gran mayoría fuimos a la escuela hasta la edad de diez años. Teníamos que compartir escuela y trabajo. En mi caso, al salir de la clase, me mandaban dar de comer a la burra, sacándola por los ribazos. Coger hierba para los conejos, traer leña, buscar piedras para hacer conejares, entre otros muchos trabajos más.
LA ESCUELA.
Nuestros estudios consistían en una enciclopedia y un manuscrito. Aprender las cuatro reglas: sumar, restar, multiplicar y dividir. Naturalmente, el catecismo, y sobre todo, cantar el cara al sol a la entrada y salida del colegio. Hoy, ¿qué más cultura se nos puede exigir?
NUESTRO CINE.
En Rubielos teníamos cine, la dirigía la empresa, Hermanos Ibáñez. El Sr. Felipe como jefe. Esto dio al pueblo un aliciente y un poco de vida. Vimos todas las películas de Antonio Molina, Lola Flores, Carmen Sevilla, Jorge Mistral, Juanita Reina, entre otros muchos actores de la gran pantalla. La verdad, nos lo pasábamos bomba; de vez en cuando se cortaba la cinta, momento en el que el Sr. Felipe anunciaba cinco minutos de descanso y bar; bar que él mismo administraba en el que los guachos podíamos consumir galletas, mistela, gaseosas. Estos descansos involuntarios eran muy frecuentes durante la proyección. Cuando empalmaba la cinta, el aviso para volver a la sala y seguir viendo la película, eran los discos de Antonio Molina, sus canciones las subía a todo volumen pudiéndose oír en todo el término. ¡Qué tiempos!?... ¡Qué tiemposss...!?
(Copiado con permiso de su autor: Felipe Toro. Si hay algún error en la trascripción, la culpa es mía: Julio José Sevilla Ruiz) |

|
|
 |
|